viernes, 13 de diciembre de 2013

JAIME SALINAS. EL OFICIO DE EDITOR

Viaje al epicentro de la edición española del siglo XX(*)


Existen ciertos libros que no precisan que se hable de ellos. Simplemente, hay que leerlos. Éste es uno de esos pocos casos. Sin embargo, como mínimo de entrada, citaré tres motivos esenciales para su lectura. Primero, la envergadura y sustancia del protagonista que, como pocos, fue un pozo de sabiduría, tan profundo y rico, que lleva a uno más allá del siglo que, en su biografía, casi acapara. Segundo, por cuanto se dice en la larga conversación que da pié al libro y que, en él, con tanta jugosidad se encierra. Y tercero, porque, a la postre, en su lectura espejea un resumen muy diáfano de lo que ha sido y de cuanto ha sido el mundo del libro en la España del último medio siglo. Y, por consiguiente, también un resumen de parecida claridad acerca de la proyección, gustos, tendencias, aciertos (y desaciertos)... de la creación literaria en España. Leerlo y reflexionar sobre cuanto en él se dice, conlleva una parsimoniosa boga con la que, además de ir asido de la mano de un perfecto lazarillo, uno se da de bruces ante todos los entresijos del espacioso mar que conformó a nuestra más reciente literatura. Jaime Salinas (Argelia, 1925-Islandia, 2011) en conversación con Juan Cruz ofrece tal maravilla, a partir de la idea y apoyo de otro de los grandes de la edición española (Mario Muchnik). Una maravilla que lleva por nombre Jaime Salinas. El oficio de editor y que, si el lector lo desea, puede complementar con Travesías, el libro de memorias que Jaime Salinas publicó en 2002 (Tusquets). Una maravilla que, por añadidura, sirve para conmemorar a la perfección los 50 años de la editorial Alfaguara.
Jaime Salinas no sólo fue hijo del gran poeta del 27, Pedro Salinas, sino un lector fino, hombre culto como pocos, conocedor de la época y sociedad en las que vivió y, sobre todo, uno de los escasos y privilegiados olfatos de lo literario, además del gran timonel de muchas aventuras y proyectos editoriales, nacidos y crecidos durante la segunda mitad de la España del siglo XX. Jaime Salinas, como Giulio Eunaudi o Feltrinelli en Italia, Claude Gallimard en Francia, Rowohhlt en Alemania o el franco-estadounidense André Schiffrin fue -y aún debería serlo hoy día- el referente del oficio de editor; un oficio casi dilapidado y, sobre todo, desvirtuado por las nuevas maneras de entender el libro, caído a los pies del caballo salvaje del consumo. Seix Barral, Alianza Editorial, Alfaguara o Aguilar, por ejemplo, llevan su impronta, puesto que, en buena medida, sus catálogos le deben nombres y títulos ya inmortales, descubrimientos y aventuras aparentemente inciertas que hoy, sin embargo, parpadean con gustosos frutos: Jaime Salinas fue, por ejemplo, no sólo la clave del premio Fomentor y sus certeros hallazgos de nuevos autores en la lejanía de la década de los años 60 del siglo XX o el arquero que disparó el libro de bolsillo de calidad, sino que fue quien dispuso la atención, primero, y apuesta, después, hacia los jóvenes narradores en los años 80 (en concreto por el grupo de los leoneses). También fue sustancia básica en la creación de la colección de clásicos de Alfaguara, tan modélica en todos los sentidos. O, sin ir más lejos en el hoy denigrado mundo común de lo público, su paso por el Ministerio de Cultura (Director General del Libro y Bibliotecas) durante los primeros años del gobierno socialista (1982-85).


Jaime Salinas. El oficio de editor, a pesar de estar escrito a finales de los 90 y de ver por fin la luz con más de diez años de retraso (vicisitudes que también se cuentan en el libro, junto a otras suculentas aportaciones de amigos y colegas) no ha perdido vigencia alguna. Sin duda, la seriedad, lucidez, respeto y jugosidad de tan largas horas de conversación reflejadas hace que se derriben todos los previsibles obstáculos o que desaparezcan los peligros que el tiempo y el olvido pueden traer consigo. Pero, sobre todo y de manera muy en especial, porque el libro se desliza siempre lejos del lametazo, de la loa innecesaria y del cambalache interesado. Jaime Salinas, sereno y reflexivo, además de agudo y certero, saja cuando tiene que sajar, crítica o alaba cuando el aducido lo merece o, por el contrario, cuando es necesario calla significativamente. Lo mismo que Juan Cruz al llevar, sin alharaca alguna, su trabajo de entrevistador. Todo en el libro aparece con naturalidad, guste o no, y fluye sincero como lección y como testimonio, pero también como trabajo bien hecho. Mejor, por tanto, no contar nada de su contenido y dejar la incógnita sin despejar. Tan sólo, simplemente, alentar a su lectura. Una lectura que –lo creo de verdad- dejará satisfecho a quien se acerque con ganas de saber, de conocer, de indagar en nuestro pasado cultural reciente. Porque, como dije al abrir este comentario: Existen algunos libros que en absoluto necesitan que se hable de ellos. Simplemente, hay que leerlos.
Sí, “resultaría imposible pensar en el proceso de modernización de la edición literaria en España sin que venga a la memoria, y a la realidad, el nombre de Jaime Salinas” (p.15)”, “responsable de la apertura de la edición española a los modos europeos de publicar libros” al empujar “no sólo la mejor calidad física de la materia editada, sino también su promoción y difusión con fórmulas inéditas” (p. 18 ) que luego se utilizaron como si se estuvieran inventando de nuevo. Pero en Jaime Salinas. El oficio de editor hay más cosas. Existe la historia entre sus grietas, existe la vida, existe la forma de ver y sentir la sociedad e, incluso, existen los augurios de futuro, hoy ya tristemente cumplidos y ciertos para el mundo de la cultura. Como cierre de este veloz comentario, ahí va un par de augurios: A Jaime Salinas, en palabras de Juan Cruz, le asustaba la proyección de España, dirigida a convertirse como un país aburrido (p. 212) como ya lo es y, en especial, le asustaban José María Aznar y los suyos, porque creía “que la derecha no se salva de los modos que siempre tuvo y considera que la cultura –la cultura del pensamiento y de la convivencia- corre peligro en sus manos” (p. 26). Lo ya dicho, todo un acierto de publicación y un lujo de conversación para constatar y reflexionar, acompañado de otras aportaciones complementarias como las de Juan Cruz, Mario Muchnik, Javier Marías, además de publicarse ensartado en que fue típico -también, serio y hermoso- diseño de Eric Satué para los libros de Alfaguara y que, ahora, gratamente, se recupera para la ocasión.


Jaime Salinas. El oficio de editor. Una conversación con Juan Cruz. Madrid, Alfaguara, 2013. 278 pp.
(*) Publicado en Divertinajes.com

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