lunes, 24 de junio de 2019

A LO LARGO DE LA VIDA; ENTREVISTA en CAZABARET


Cazarabet conversa con....
Novedades nº 36  -   Entrevistas con autores/editores  22 de junio de 2019


Os dejamos la sensacional entrevista que Javier Díaz Soro y nuestros amigos de Cazarabet han hecho con Ramón Acín con motivo de la publicación de "A lo largo de la vida".
Y de paso, os informamos de que el martes 25 de julio, a las 20:00 horas, Ramón Acín charlará con Miguel Ángel Yusta en la FNAC de Plaza España, actividad coorganizada por la Asociación Aragones de Escritores.
CAZARABET.COM
La narración, de narraciones, de Ramón Acín es sosegada, pero a la vez incisiva….siempre nos hace pensar y repensar lo que somos y qué hacemos en la narración o entre la narración que Acín propone.

jueves, 20 de junio de 2019

I CONCURSO LITERARIO "RAMÓN ACÍN" (Entrega de premios)


LA MUJEr, TEMA DE DEBATE


MÚSICA DE ÓPERA (Soledad Puértolas)


LO IMPERCEPTIBLE, MÚSICA Y GUIÓN DE VIDA. (*)
Ramón Acín

Doña Elvira, su sobrina Valentina y su nieta Alba ejercen el protagonismo esencial (hay otros más y femeninos, por supuesto) en Música de ópera, la última entrega de Soledad Puértolas, quien, como ya es habitual en su dilatada estela literaria, a la hora de relatar acontecimientos de la vida y de la Historia juega fuerte al embalaje narrativo de la insinuación frente a cualquier forma de evidencia. Tres mujeres que, además de un fuerte ensamblaje familiar, poseen también otros interesantes hilos de conexión moral y vital. Hilos sutiles que les permiten pasarse el testigo de una existencia conformada ante todo por la despreocupación (obsérvese la función de los viajes), la orfandad y el fluir cotidiano. Pues ellas son quienes dibujan a la perfección el quicio vital de la novela con su dejarse llevar por las circunstancias, su vivir próximo a la ignorancia (o en ella) y protagonizando la película de la vida sin casi ser conscientes de ésta al bogar con dejadez por la comodidad cerrada de la casa familiar y la presencia de sus componentes. Un dibujo plasmado, además, con un estilo delicado y acertado que busca en último término la invitación de cierta participación del lector. Un lector que queda atrapado (y prendado) en la tela de araña narrativa donde abundan las zonas opacas envolviendo a los personajes y a los sucesos que estos llevan a cabo y que, por supuesto, también los modelan.

De nuevo Soledad Puértolas manifiesta ese uso perfecto de la insinuación propio a su narrativa. Insinuación basada en la exposición mínima de hechos y de tiempos para, sin embargo, abarcar el máximo de la vida y de la historia que, al fondo, ofrece lo relatado. Un uso declarado en la misma novela pues no en vano se nos advierte que “hay partes de la vida que se desenvuelven en la oscuridad, a salvo de las miradas de los otros” (p. 198). Un ejemplo señero del arte de la insinuación explorado por Soledad Puértolas puede rastrearse en el rápido dibujo de algunos personajes masculinos, apenas desarrollados como Justo. Pues, tras los simples brochazos de su existencia, el lector intuye la sensación de profundidad que late más allá de su papel secundario y de apoyatura o contorno a la historia con mirada femenina. Se trata de marcar límites, pero al mismo tiempo de dejar abierta la posibilidad de ahondar con el poder de la insinuación. Pues la exploración de lo opaco, difuso o en penumbra posibilita la sugerencia continua y a través de ésta se alienta la posibilidad de ahondar más allá de lo que se ve o se escucha (en este caso se narra). Porque la realidad es mucho más amplia que la visión proporcionada por los sentidos y demás las limitaciones del ser humano

Por si fuera poco en Música de ópera, junto al enorme poder de la insinuación, debe citarse también el logro de la mirada femenina abordada por Soledad Puértolas. Una mirada que es suministrada directamente por las tres protagonistas citadas, aunque sea Alba quien realmente, en último termino, recupere todo cuanto se relata, reflexione sobre esas recuperaciones y las exponga al lector mediante una especie de indagación sobre la vida y los hechos que edifican la novela. Mirada femenina pese a la enorme presencia del narrador (uso de la tercera persona narrativa) latiendo siempre con energía al fondo de lo relatado. Y mirada femenina o mejor miradas de mujeres que casi sienten no pertenecer al mundo que se desarrolla a su alrededor y que, sin embargo, sí muestran los modos y maneras de estar y proceder en la vida durante una época especial. Una vida y época especiales, eso sí, vividas por personas que pertenecen a una clase acomodada en una ciudad de provincias (Zaragoza, nunca evidente y sí insinuada) y en unos tiempos muy precisos (tres generaciones en el meollo del siglo XX) que, poco a poco, el tiempo va desmoronando. Ésta es la clave de la novela: mirada femenina que permite relatar el conjunto de la vida desde lo más leve o mínimo, además de por dentro y desde dentro (repito: en familia y en casa) remarcado todo ello de manera sustancial por un entorno especial que deviene además en la plasmación de atmósferas envolventes muy precisas. De ahí que el desarrollo de una España en guerra, de una España en posguerra y de una España en busca de un tímida abertura al mundo aparezcan como simples ecos, plasmando así casi sin citarla, con brevísimas notas y en lontananza, la realidad que, sin duda, existió. Por eso, a la hora de la lectura, interesa fijarse no tanto en el plumazo grueso de la historia colectiva que yace al fondo, sino en la cotidianidad doméstica y familiar del primer plano. Cotidianidad capaz de visibilizar con potencia la realidad vital a pesar de su mucha penumbra, oscuridad, miradas hacia otra parte y silencios por los que navegan los personajes. Lo que en verdad interesa recalcar, con menciones simples, es la potencia de lo mínimo y de lo imperceptible como guión de vida. Es decir, el universo de la familia por dentro y desde dentro para, con ello, intuir en la lejanía el conjunto de un país que se adivina en guerra, primero, y solitario, aislado y rezagado después. Representativa es la exposición del drama de la violencia, del horror, de los miedos y de los silencios forzados de la guerra civil como un rumor de fondo (pero no por ello privados de dureza y dolor) para mostrar el aliento vital y el modo de vivir de tres mujeres (generaciones) en una ciudad de provincias. Al final, el dejarse llevar, el desinterés, el sentimiento de desplazado, la ausencia de valentía, la orfandad o, incluso, la ineptitud ante el río de la existencia es lo que manda. Eso es lo que, en definitiva, encarnan las protagonistas en mayor o menor medida. Y como ejemplo emblemático, la actitud de Doña Elvira, la gran matriarca, cuya actuación central es delegar (o descargarse de problemas) tanto en lo físico con el administrador de los negocios (a la postre un estafador) como en lo personal y espiritual a través del callado fantasma de Dorotea, su amiga fallecida. Léase y a fondo.

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Soledad Puértolas. Música de ópera. Barcelona, Anagrama, 2019. 274 pp.
(*) Publicada en la revista TURIa nº 131.

LLUVIA FINA de Luis LANDRERO


EL PESO DE LA MEMORIA Y LA PALABRA NO ES INOCENTE. (*)

Ramón Acín

Desde el comienzo mismo de Lluvia fina, Luis Landero advierte de los derroteros por los que caminará su novela, pues el personaje relator apunta con claridad que “hay algo en las palabras que, ya de por sí, entraña un riesgo, una amenaza” y, también, de que no es verdad de que el viento se lleve las palabras de tan forma fácil como popularmente se dice y hasta se admite (p.11). Es, sin duda, un evidente aviso para navegantes. Un aviso que aletea contumaz para, a la conclusión de la historia, erigirse altivo y acabar dando luz (pese a la sorpresa del inesperado final) a los muchos entresijos de tanto dime y direte o de las tantas sombras e insinuaciones acumuladas mediante las diversas perspectivas que se narran (no olvidar nunca que Lluvia fina se construye sobre una abultada suma de perspectivas). Unos entresijos que, además y a la vez, también agrandan y adensan todo cuanto se pretende contar (y reflexionar) en la novela y con la novela.


Sin duda sucede así en Lluvia fina porque en la vida misma las palabras que describen el regreso desde el hondón de la memoria (o que recuperan la memoria) nunca actúan de forma inocente dado que, sobre sus hombros, éstas portan mucho de reivindicación, de reajuste, de discordia y, por supuesto, de falsedad (“cuanto mayor es el olvido, mucho más rico y detallado es también el recuerdo” p. 262). Lluvia fina, por tanto, se va armando sobre un cúmulo de palabras que emergen desde la oscuridad del secreto y desde la oscuridad del pasado. Y son, por tanto, palabras que surgen en son de guerra y, por supuesto, cargadas de agravios, de retoques, de intercalados innombrables y de intereses espúreos, aunque, a la vez, también sean palabras que conlleven siempre la capacidad de apaciguar parte del dolor y de la insatisfacción individual que envuelve a todo dios en la “dura condena del vivir” (p. 26). Porque nadie puede dudar de que, en realidad, todo dios al hablar de sí mismo reinventa más o menos su vida. Y también de que en cuanto uno puede se vacía así de las muchas cargas que supura el peso del pasado.

A todo ello se dedica el río subterráneo de Lluvia fina cuando va destripando de forma acumulativa el transcurrir vital de los miembros de un clan, unido por lazos de sangre y de ¿amor? fraterno, marital y familiar. Un transcurrir vital propenso a la rutina con sus punzadas de nostalgia y tedio, con su pozos innombrables, con sus envidias y su secretos. Un transcurrir vital que tiende más hacia una interesada y parcial recuperación (entrevista más que otra cosa) a través de la narración (mejor, confesión) desde el interior mismo de los protagonistas que construyen la novela. Y un transcurrir que se muestra (al tiempo que acumulativo, clarificador) mediante el continuo e intercalado fluir de varias versiones personales, aparentemente ingenuas y veraces, en boca de cada miembro familiar y que además de contar/confesar/aportar la perspectiva (parcial) de su vida personal y en común, descarga también el amargor individual de sus conciencias. La familia, célula clave de la vida social, sirve así de potente epicentro para el seísmo que encierra Lluvia fina. Porque de eso se trata, de contar un seísmo familiar que, como los volcanes, sacará a la luz toda la inmundicia retenida y su capacidad para el desastre. Es decir, mundo familiar y mundo particular enroscándose ambos en continuas conjeturas que se prolongan entre claroscuros y matices, a veces absurdos, pero que permiten también el magnífico perfilado de todos los personajes, cada cual en su mundo particular a pesar de la obligada convivencia. Por fortuna, Landero sabe desdramatizar con el acertado uso de la ironía y del humo entre ese “montón de palabras que son como fieras enjauladas y hambrientas que están rabiando por salir a la luz” (p. 142).

Landero juega con la fuerza de la palabra y hace uso de ella como si ésta fuera una sutil espoleta, capaz de retardar y de accionar la explosión narrativa de la historia colectiva que se va narrando (historia que, a su vez, es suma de varias historias personales, no olvidarlo). Y lo hace de la forma más sencilla y propia a su esencia: relatando (tal vez sería mejor decir “confesando”) perspectivas individuales que tiene muchísimo de cuento, porque, en realidad, a la postre tan sólo se trata de descargar la conciencia y de sacar a pasear (y así airear y, por tanto, disipar al menos de forma individual) los muermos personales retenidos en el fuero interno de cada personaje. Unos personajes que así consiguen vaciarse de su amargor, vomitándolo en quien quiera escucharlos y ejercer el papel judeocristiano de confesor. Un papel que en Lluvia fina lleva a cabo la paciente Aurora (a veces, Aurori, un diminutivo significativo), el personaje más ajeno al clan familiar que la novela pone en tela de juicio proyectando unas vidas que son mezcla de realidad y de reinvención. Aurora es, pues, quien da cuenta de la “lluvia fina” o de que a palabra nunca es inocente y también quien da cuerpo y volumen al resto de los protagonistas con el pegado de tanto fragmento a través de su ¿interesada? mirada.

Por otra parte, Landero además de ser en Lluvia fina un maestro en el uso de la perspectiva, también lo es en el uso del lenguaje por el acertado acomodo a cada personaje. Un uso del lenguaje de arco muy amplio, capaz de contener desde lo popular con regusto a refranero a la precisión según momento episódico y actor (remito a la descripción o visión de Sonia en su relación con Horacio, llena de referencias infantiles, propensas al ensueño, a la aventura y a la inocencia en duro contraste con la malévola actuación de Horacio y, también, como contrapunto a la diferencia de edad entre ambos). En suma, lluvia torrencial porque no hay párrafo sin sustancia. Función del secreto, de la convivencia familiar, del valor de la memoria, de las épocas de la vida, de cómo se conforma el carácter de las personas y, por supuesto, del mismo discurrir de la existencia personal y social.

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Luis Landero. Lluvia fina. Barcelona, Editorial Tusquets. 2019. 268 pp.
(*) Publicada en TURIA, nº 131.


LOS DESERTORES, de Joaquín BERGES



DESERCIÓN MÚLTIPLE (*)
Ramón Acín

“La vida de un motor depende del combustible” (p.268) afirma en una de sus metáforas el narrador de Los desertores, la última novela de Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) mientras va desgranando las peripecias y adversidades de Jota, el protagonista clave de una de las tramas narrativas. Y es verdad, cualquier vida, para proseguir en su avance, necesita “combustible” y si éste es de mala calidad, escasea o se acaba, el rumbo de la vida languidece por lo general en el imprevisto. De eso trata, precisamente, Los desertores, una novela que compagina, como mínimo, dos momentos históricos que, con un interregno de casi cien años entre ambos, ahondan paralelamente en el tema del abandono y sus múltiples caras: abandono de la vida tocada en suerte, de la palabra dada o juramentada, de la profesión...e, incluso, hasta de los sentimientos.

Abandonar es desertar del camino trazado, heredado o elegido. Desertar es hacerse invisible ante los demás, aislarse del presente, vivir lejos de la compañía adecuada o encerrarse en sí mismo, abrazando un juego de mentiras y chantajes que siempre lleva directo al fracaso. Acertó el escritor Miquel Martí i Pol cuando afirmó que “la verdadera muerte es desertar”. Por eso, la novela de Joaquín Berges contiene muchos más desertores que los dos desertores históricos que, al principio, el lector imagina cuando se enfrenta a la lectura y aquí reside uno de los grandes logros de Berges, porque cada personaje conlleva sorpresas ocultas a su costado.

Los desertores está construida sobre un aséptico (en principio) quicio de un viaje. Un viaje duplicado. Uno, por la Historia (tanto en la vertiente universal de la I Guerra Mundial que desemboca en lo individual, caso de Alfred, el soldado desertor) y, otro, sobre un viaje personal, el que conforma el desplazamiento que llevará a cabo el personaje Jota (la vida misma, no olvidar, siempre es viaje). Son dos cimientos estructurales a tener muy presentes en la lectura de la novela, porque ambos destilan enseñanza y permiten la comprensión final de los varios temas que se cobijan en su interior.

El viaje por la Historia traslada al lector hasta el epicentro de unos sucesos verdaderos, trágicos y claves para la humanidad. Sucesos que enmarcan acontecimientos de la I Gran Guerra y, más en concreto, en algunos de los que acaecieron en la famosa“tierra de nadie”de la larguísima batalla del Sonme, donde los muertos se multiplicaron por millares, dados los abundantes ataques y contrataques de la inamovible lucha de trincheras. Son sucesos que Joaquín Berges encuadra a la perfección mediante un riguroso uso de la disciplina histórica (los fragmentos marcados mediante numeración romana), a la par que, después, consigue matizarlos con la proximidad que destilan las cartas que los soldados escriben a sus familiares (como Alfred a su padre) y con los poemas con los que esos los soldados desahogan sus cuitas ante una guerra sin sentido, cruel, ominosa y engullidora de vidas.

Por su parte, el viaje físico (el que Jota lleva a cabo a lomos del camión conducido por la aguda Geike), además de una traslación física en el espacio, supone un descenso a los infiernos interiores del protagonista. Infiernos plagados también de una sustancia trágica similar a los bélicos de la I Guerra Mundial (en la medida individual y no universal, aunque finalmente acaben funcionando de igual manera). Porque el vacío, la soledad, el remordimiento y otros muchos padecimientos similares afloran con fuerza. Es decir, tanto la Historia colectiva como la vida individual hablan de deserción, de abandono, de claudicación... ante las fuerzas de una existencia que siempre está presidida por el azar y sus imponderables.


Si la Gran Guerra, cuando estalla en 1914, hace pensar a quienes alegremente se enrolan en el ejército que van a “una gran aventura” (basta observar el flujo de ingleses, irlandeses, australianos, neozelandeses, sudafricanos e, incluso, gentes de Terranova, por poner un ejemplo) donde triunfa el sentimiento de hermandad, previa a su caída posterior en el vacío existencial y el sinsentido, el viaje de Jota y su ausencia también lleva directo a otra sinrazón azarosa: la de unos comportamientos familiares que se desparraman por la historia (en este caso, con minúsculas) narrativa. Con ello, el pasado y el presente, colectivo e individual, familiar y personal, se mueven en un eje común y dialogan entre sí para dar algo de luz al ser humano. Ésa es la clave de Los desertores: analizar las carencias que nos definen y que nos edifican para, tal vez, tras observarlas, poder enfrentarnos a la incertidumbre de la vida en la que estamos imbricados y de la que desertamos. De ahí que, en Los desertores, todos los personajes que aparecen en la historia se enzarcen en una explicación y búsqueda de sentido a la existencia.

Si interesante es el uso constructivo de la fragmentación mediante la que Joaquín Berges consigue los objetivos que se acaban de señalar, también lo son los esqueletos basados en el hibridismo genérico en el que cimenta su narración (indicios de novela histórica o de cierto suspense, por ejemplo). Una fragmentación narrativa que permite la existencia de un inmneso puzzle de momentos alternantes que el lector debe unir continuamente hasta completar la historia final. Una acción lectora que, además, debe ser llevada a buen puerto en cada una de las varias historias que protagonizan los distintos personajes de la novela. Especialmente en lo que concierne al grupo familiar y amistoso de Jota que despliegan historias que desde el presente retrotraen al pasado con todo su haz ramificador. ¿Qué enfermedad aqueja a Juana, la madre de Jota? ¿Qué lleva Jota a abandonar trabajo y familia y lanzarse a un viaje por Francia? ¿Que se encierra detrás de la sumisión y obediencia de Hache? ¿Por qué Carol, hermana de Jota, no desea ver a su padre? ¿De dónde viene y qué esconde la pasión bélica del padre de Jota?...Los interrogantes son permanentes, con cada personaje y abren espitas de existencia novedosas, llenas de duda y necesidad de saber, lanzando a la novela por derroteros impensados que se llenan de perspectivas y que, a la postre, dibujan la multiforme faz de la existencia, profusa, además, en aristas. La novela, conforme avanza engorda en personajes y, con ellos, se sazona de vida y de temas.

Por eso en la novela cabe desde la violencia al amor y, entre medio, un enorme arco iris donde asoma el odio, la traición, el engaño, el desamor, la amistad, la sumisión, el dominio, el dolor, la culpa... y el sentimiento de la muerte. En suma, 282 páginas con historias y temas para saborear con fruición y calma en una prosa que absorbe y agrada. Y 282 páginas que incitan a mirar la vida desde otras perspectivas para aprender a tener valor frente a los sinsentidos y absurdos que impone la realidad y que obligan, también, a mirar de cara la verdad de ser uno quien es y no el dibujo que imponen los demás.

Los desertores. Joaquín Berges. Barcelona, Editorial Tusquets, 2018, 282 pp.

(*) Publicada en Revista TURIA, nº 131.