sábado 14 de noviembre de 2009


ZAPATO (De tacón aguja)
por Ramón Acín

Un suplicio en busca del arte.

Sobre su dintel, las diosas avanzan como góndola veneciana, desafiantes.
-una euforia repentina sacude suavemente mi mirada-

(La fruta prohibida del Paraiso, un absoluto desastre –recpacito-).

El virtuosismo en la pantorrilla, las columnas musculadas o la prieta cara de las rodillas creando escorzos que reportan músicas vienesas
–luminosidad en el paisaje-.

(Una realidad que convoca el mapa de la vida –admito-)

Cada prenda camina segura en el roce con la piel, mimándolas.
Vaivén aquí y allá. Elevación ingrávida hacia el espejo.
Y en la popa, melenas al viento. Medusas vivas y saludables.

Caminar, taconear.
Imagenes vestidas de deseo, fabricadas sobre la urgencia de una mirada destinada a disiparse y en los sonidos que, rítmicos, se alejan y me desoyen.

Zapato de tacón de aguja:
Góndola veneciana en el horizonte.

(Sueño –lo ejerzo-)


Mi texto en:
POR FAVOR, SEA BREVE 2.
Antología de microrelatos.
Ed. de Clara Obligado.

Casi doscientos autores, novísimos y consagrados, que habitan bajo un remolino de palabras. Diminutas teselas que construyen el mejor mosaico narrativo en lengua española.

viernes 23 de octubre de 2009

NOVEDADES DE ACTOS: OCTUBRE/DICIEMBRE 2009

domingo 18 de octubre de 2009

FALTO DE RESOLUCIÓN



RELATO
(Ramón Acín)

Dicen de él que, pese a todo, siempre fue un tipo agradable. Incluso bonachón. Que, bajo su carácter austero, escondía hasta bonhomía. Y que, en su amor por la soledad, había mucho de recogimiento, tal vez frente a un mundo que le disgustaba. Como un cartujo. Y que por eso a nadie le había extrañado que siempre acudiese a la iglesia al caer la noche. Ni que permaneciese en ella un tiempo que en otros casos podría parecer excesivo. Por otra parte, él era el sacristán. Además, los solitarios son así. O actúan así. Huidizos. Amando el sigilo. Por apocados. Ése, al menos, era el pensar de casi todos. O lo que decían de puertas afuera.

Ella había fallecido de pulmonía. Así constaba en el certificado de defunción. Días después de caer al río en pleno invierno. Fue un accidente. Cosas de muchachos, dijeron en la prensa. Y murió. Era bella. Como una diosa mitológica salida de un cuadro renacentista. Y en sazón.

La encontraron en su cama. Sin la lustrosa y fresca turgencia de sus escasos años. Tan admirados. Pudriéndose. Algunos deslizaron comentarios sobre evidentes muestras de haber sido violada. Con reiteración. Después de muerta. Y de enterrada. Claro. Y a él lo hallaron al lado, rodeado por un charco de sangre. Seca, después de tantos días desde el suicidio. Eso dijeron. También pudriéndose. Con el cuchillo de matarife -su otra profesión- a escasa distancia. Casi justo al lado. Mirándola a pesar del hieratismo de la muerte. Con la ansiedad impresa en unos ojos muy abiertos -demasiado, quedó escrito en el informe de la policía como si fuera una interrogación sin resolver-, que simulaban algo parecido a una pregunta escapándose de ellos. O sabiendo ya la imposibilidad de su respuesta. Quizá, también, por haberla hallado en medio de la confusión. O en un momento de lucidez. Nadie se aventuraba. En ninguna dirección.

Daba miedo.

Casi en el mismo día del entierro, el albañil -jamás quiso oír la palabra sepulturero- advirtió que todas las lápidas estaban removidas. E informó de ello. A la superioridad, como él decía. Y, por supuesto, a todo aquel que quiso escucharle. Pero nadie le prestó atención. Era ateo y, además, el único anarquista convicto. Y confeso. Jamás lo había ocultado. O sea, un anarquista de verdad. Además, la mayoría lo despreciaba. Todos hablaban de su afición a la bebida y de la desbordada propensión a la palabra. Y que a ellas se había entregado últimamente. A veces, con demasiado ruido. Tal vez fuera así porque ambas cosas, bebida y verborrea, le acallaban el pánico a la vida. O porque -tal vez, también- lo sedaban ante la incomprensión de sus convecinos. Por otra parte, desde que había salido de la cárcel ya no era el mismo. Lo sabía. Y se decía. Quizá también hubiese en ello una pizca de recelo ante el oculto pánico que él representaba. A él le sucedía otro tanto. También temía a la muerte mientras ejercía de enterrador por mucho que él se creyese albañil y pidiese que siempre fuera reconocido con esa profesión. El caso es que, en el barrio, todos le obviaron. Le creían un guillado. O un poca sustancia.

La explicación fue fácil. Para todo el mundo. Incluso para la policía. Para qué remover más, dijo el alcalde pedáneo. Lo mejor, echar tierra sobre el asunto. Y santas pascuas.

Pero algunos días después, la luz de la iglesia comenzó a encenderse a la hora de costumbre. Desde entonces, el miedo y el absurdo han construido la leyenda. Algunos cuchichean haber visto siluetas correteando por el pórtico, camino del cementerio. Como en una procesión de "Santa Compaña". Otros, más audaces, afirman, demostrando una seguridad con falsete, que han grabado suspiros y jadeos provenientes de la iglesia. Como de amantes en pleno combate amoroso. También hay quienes creen haber percibido como etéreas visitas de seres queridos mientras dormían. Y los hay, incluso, que llegan más lejos y dan detalles, con pelos y señales, de las insensateces más increíbles.

Y a mí aquí me tienen, atado a este barrio de mierda. Viviendo con todo esto sin que me vaya nada en ello. O tan sólo con lo poco que, de verdad, en un caso como éste, concierne a mi profesión. Extravagancias, vesanias y habladurías sin cuento constituyen la auténtica realidad. Mientras, hago lo que puedo.

Vivo cada día con la visión, todavía deseable, de un cuerpo adolescente pese a estar ya corcándose. Y también acoquinado por la mirada de él y por la negruzca herida de sus manos llenas de coágulos, sucediéndose en cadena desde el corte de las venas hasta el inicio de sus brazos. Sin resolver nada. Condenado con esta visión. Eso le conté por carta a mi primo, aunque ya sé que no obtendré respuesta. Es así. Un sonsaina.

Y la investigación no avanza. La novela no crece. Sólo pervive el misterio. Demasiado tiempo ya. Y yo, atribulado entre dimes y diretes, histerias y rezos, haciendo el tancredo. Todos me miran como a un extraño. Con la obligatoria carcoma de seguir aunque me dé cabezadas. Como un ánima en pena. Un infierno. Y los días se suceden.


Otra vez lo mismo.
A la hora prevista, las luces de la iglesia han vuelto a encenderse.

martes 22 de septiembre de 2009

NOVEDADES SEPTIEMBRE-NOVIEMBRE 2009

SEPTIEMBRE:

14 de Septiembre:
-Fallo del Premio Ibercaja-Personas Mayores.

OCTUBRE:

1 de octubre:
-Presentación de la novela Los que han vuelto, de Fernando Aínsa(Sala Librería Central, 20 horas).
-Presentación libro sobre Zaragoza. VV. AA. Diputación de Zaragoza.

15 de octubre:
-Conferencia en Pamplona (Invitar a la lectura).

23 de Octubre:
-Encuentro con lectores en Valderrobres.Programa de lectura de la Diputación de Teruel (Obra: Muerde el silencio).

30 de Octubre:
-Encuentro con lectores de Mora de Rubielos.Programa de lectura de la Diputación de Teruel(Obra: Muerde el silencio).

31 de Octubre:
-Fallo del Concurso literario "Río Mijares" de Rubielos de Mora (Teruel)/Montanejos (Castellón)

NOVIEMBRE:

11 de Noviembre:
-Encuentro con lectores en Benasque (Huesca).

11 de Noviembre:
-Encuentro con los alumnos del IES "Castejón de Sos".

13 de Noviembre:
-Presentación de la obra Leonardo da Vinci:Obstinado rigor, de Teresa Garbi(Ámbito Cultural).

19 de Noviembre:
-Encuentro con los alumnos del IES de "Damián Forment" (Alcorisa. Teruel).

19 de Noviembre:
-Encuentro con alumnos del IES "Bajo Aragón" (Alcañiz)

PERVIVENCIA DEL SUEÑO (4)


(Última entrega)
4

Se encontró su cuerpo. La barra de la cortina atravesada en el pecho. Estaba en medio de lo que, sin duda, había sido un charco de sangre y ahora era únicamente una costra reseca, un residuo negruzco. Fijado en la loza. Como el orín.

La policía dedujo que había resbalado, que en la caída había arrastrado la cortina y, con ésta, dados los desgarros, la barra que la sujetaba. Pero, con tan mala fortuna que esta última, durante el accidente, había actuado como una lanza auténtica, causándole la muerte. Sin duda, lenta y brutal. Al menos, a tenor de los chorretones impactados con fuerza en la pared y, después, deslizados con parsimonia y suave lentitud, avanzando azulejo tras azulejo.

Pero ni la estupidez de esa muerte ni la suciedad que imperaba en el piso causaron al forense y a la policía tanta perplejidad, ni les envolvió tanto aire de misterio como la fijeza de los ojos del difunto, desmesuradamente abiertos e inyectados en sangre. "De rabia", comentaron entre sí los policías e, incluso, el forense por decir algo que sonase a verosímil y que rompiese la cortante sensación que los envolvía. Parecía estar vivo. Preguntándose, tal vez. ¿Qué?, no se sabía. Era también otro suponer.

Como si algo hubiese fallado.

Sólo que él estaba muerto y bien muerto.

El plato de la ducha parecía rojo, porque el color había perdido en intensidad conforme el contenido descendía en altura. La tonalidad era diferente desde el reborde costroso que, en su día, marcó el límite máximo. El cadáver mostraba evidentes síntomas de descomposición. A poco más se reducía el informe policiaco.
(Nota: Todas las ilustraciones de este relato son del pintor Ramón Acín Aquilué. Fundación Ramón Acín -Huesca-)

lunes 21 de septiembre de 2009

PERVIVENCIA DEL SUEÑO (3)



PERVIVENCIA DEL SUEÑO
(3. Cuarte entrega)


Para aminorar sus problemas con los ojos, el oculista coincidió con el psiquiatra, que buscaba parecidos milagros al tratar sus neuras. Pero no hubo solución, la falta de higiene conllevó resultados muy similares. Ya no había remedio posible. Y tuvo que continuar siendo el solitario que ya era. Pero con la cruz de una mayor conciencia. Si cabe.

Y el plato de la ducha en su cabeza -sólo en su cabeza- siguió poblándose de color sangre. Cada vez más abundante. Hasta volverse loco.


(Foto: Fundación Ramón Acín. Huesca)