martes, 12 de septiembre de 2017

CONVERSACIONES EN LA ALJAFERÍA


CONVERSACIONES EN LA ALJAFERÍA:

José Luis Corral, escritor y profesor de historia medieval de la universidad de Zaragoza,
 conversará con Ramón Acín y Miguel Ángel Yusta.

Palacio de la Aljafería, Zaragoza
20 de Septiembre del 2017, 20,00 horas

lunes, 11 de septiembre de 2017

Mi micro-relato en el libro "AMOR CON HUMOR SE PAGA"

NADA HACE NADA
Por Ramón Acín.


Sí, es verdad, siempre berreé como un bestia. Y, sin duda, más allá del fingimiento. Pero esta vez, no creo que en el “me obligaste a fumar toda Jamaicaaaaaaaaaaaa” existiese algo más de lo que dice la frase. Se la grité al recordar a mi abuela que, para acallar y amilanar al abuelo, le espetaba el sonsonete de “me hiciste fumar Cuba entera y así nos fue”. Lo confieso con la mano en el corazón: una forma tonta que acabó con el galanteo de meses y que inició el desaguisado. Ése que alguien, con lucidez, redujo al “tú para villamala y él para villapeor”. Pero qué: Ni me siento culpable. Los capullos nunca dejan de serlo. Con ellos, no hay tela que cortar, acabado el apego, el odio es guía. Lo sé muy bien, porque, cuando lo nuestro agonizaba y yo miraba su cara, en el rictus, no miento, sólo evidenciaba un “vete a la mierda, imbécil” o “piérdete, puta viciosa”. Para él, coquetear, querer, convivir… eran sólo sexo. Nada de delicadeza: el escueto aquí pillo y aquí mato. O sea, la indiferencia envuelta con mentiras y solaz instantáneo. Y yo, como una cretina en celo, aguantando, creyéndome incluso prota de una inolvidable película romántica. Pues, donde habitaban las urgencias, creía ver sus miradas tórridas, donde, con apremio, sus manos deshollaban mi piel, sentía mil aludes de caricias, donde su furia por desovar, yo paladeaba ternura y amor. Así son las cosas en las gansadas del querer. Y más, cuando éste no abriga raíces. Lo confieso: aún me toca las narices aquel compartir lecho con un ausente (o un fantasma) que, aunque estuvo encima de mí, percutiendo en mis ingles como un martillo automático, siempre fue un absurdo. No fue la frivolidad, sino la credulidad quien me llevó a esta situación. No obstante, quiero acabar con tanta mandanga, aunque las prisas me priven de la protesta debida. Defenderse es tontería cuando la gilipollez lo anega todo, ¿no? Me duele mi fragilidad. Perdida la fe, qué queda: ¿Respirar? Pero respirar no es vivir. Qué pringada, terminar así. Echo la vista atrás y lloró. Aunque la vida siga, llorar evita preguntas. Además, para qué desnudar un santo y vestir otro. O sea, para qué caer en brazos de otro cabrón. Mejor llorar, y, a continuación, adormecerme saboreando de nuevo toda la jamaicaaaaaaaa posible, el mejor gps del callejón sin salida que es mi vida. Entre tanta mierda, qué difícil olvidar haber amado sin ser amada. Pero él fue mi primer amor. O siendo realista, mi primer polvo. Cómo olvidarlo. Además lo que no mata engorda, Y engordé. No, no en ese sentido, gracias a Dios. Engordé historia tras historia, para más señas, todas colmadas de amor. Las engordé mintiéndome, como hacen los escritores. De lo ruin, hice belleza, del asco, cópula, de la cópula, amor (incluso, a cuatro patas, sí), del amor, sueños, de los sueños, vida… En definitiva, levanté mi hiroshima y construí mi holocausto. “Carne fresquita, carne mía”, decía el muy cabrón que peinaba canas a ambos lados de la nuca y las orejas. Pero no quiero hacerme pajas con ese pasado mío, lleno de cochinadas. Cochinadas (que llamé amor) en los lóbulos de las orejas, por la saliva de los labios, en las cuevas de las axilas, sobre la fresa de los pezones y, ante todo, dentro de la brecha oculta. No, no quiero hacerlas, no por la acerada cuchilla de la traición, sino porque no soporto la putrefacción. La putrefacción de los sueños imposibles y su capacidad para distraerse uno mismo. Por eso, ahora lo único que persigo es llenarme la barriga y calentar la cama. Es decir, munición para vivir sin Él.  

lunes, 4 de septiembre de 2017

RELATO (Publicado en Heraldo de Aragón. 7-VIII-2016)

MEMORIA OCULTA
Ramón Acín

“Bombardean”, dijo de pronto y, acto seguido, con ligereza pese a su edad, se coló bajo la mesa y se dobló como un cuatro ocultando la cabeza entre las piernas. Luego se supo que ése era un impulso aprendido de niño, cuando los Savoias italianos atemorizaban a la ciudad, primero con sus rugidos y, después, con sus zambombazos.

Tal vez ese día de verano la sirena y su aullido sonasen con más fuerza frente a una costumbre de décadas. Pero nadie, salvo Él, reparó en el desajuste del desgarro que, siempre sobre las doce, servía para romper el silencio de la ciudad. Una aullido que carecía de función y que, desde la lejanía de 1937, seguía proyectándose desde la catedral con su misterio al no entender nadie la causa de su reiteración. Por si fuera poco, quienes podrían desentrañar el enigma del estrambótico aullido, hacía tiempo que criaban malvas.

Él siempre confesó haber vivido la guerra con la ansiedad y la fantasía de un niño. E hizo gala de que nada de aquella tragedia le había marcado. Más todavía: cuando evocaba sucesos, hermanaba épica y fantasía sin referir tragedias. Pero a partir del anómalo berrido de la sirena que, como un perro, acabó por mandarle bajo la mesa, todo fue diferente. El desequilibrio se alzó ante la familia y corrió por la ciudad. Su espantada, tan repentina como anormal, fue el anuncio de la debacle. La vejez incubaba la demencia senil. Y, a partir de entonces, el pasado comenzó a hacerse presente, rompiendo con la serenidad y el sosiego que le caracterizaron. Y, también fue el origen de una infamia, sin fantasía ni épicas, que fue en boca de todos, cubriendo de niebla sospechosa la ciudad entera.

Hasta entonces, nadie estuvo al tanto de lo sucedido dentro la casa en los años trágicos de la contienda. Fue Él, con su retorno al pasado, quien trajo la noticia y proyectó luz a tanta ocultación.

La verdad, a veces, tiene basamentos curiosos y aparece donde y cuando menos se le espera.

Él fue una celebridad y un intocable durante años. No por ejercer a lo largo de su vida de alcalde y diputado en Cortes, sino por su aplomo, buen criterio y saber estar. Además de admirado, supo hacerse querer. El permanente voto de sus vecinos son la prueba. En vida nadie rivalizó con Él. No porque su sombra fuera alargada o porque su fama, desde joven, traspasase fronteras. Pero, a sus setenta años, la guerra retornó a su cabeza, rescatando el tiempo arrugado del pasado y permitiendo un estallido que se expandió con fuerza.

La familia tiró de tapujos varios. Le sometió a una vigilancia perpetua y le obligo a padecer encierros curativos, cada vez más prolongados. Pero la angustia alcanzó en Él tal calibre que, salvo sedado, siempre consiguió burlar cerrojos y murallas, previo a un infausto arrastrase por la ciudad dando noticia de desgracias hasta entonces lacradas bajo siete llaves.

El día que, por ejemplo, confesó sus asesinatos y, en concreto, haber disparado cuatro balas, dibujando una cruz sobre el tórax de su tío y padrino, antes de rematarlo con un tiro en la cabeza, los vecinos comprendieron que decía la verdad. Su tío no había huido a Francia en tiempos de guerra como siempre afirmó la familia. Al contrario, estaba enterrado con ignominia en la bodega de la casa. Según Él así se ejecutó la justicia debida. Ésa que su padre, un inconmovible justiciero en aquellos tiempos de violencia, nunca tuvo arrestos para llevarla a cabo. Y aunque la locura jamás justifica ninguna muerte, Él confesó que se sentía satisfecho por lavar la afrenta materna. Una afrenta donde la belleza, al parecer, tuvo que ver con la deshonra. Y ésta con la muerte del tío a manos de un niño mordido tan sólo por el miedo a los Savoias durante los bombardeos.

Vivir acunado con el despropósito tiene sus consecuencias, porque los fantasmas resucitan siempre cuando uno menos se lo espera. Esquilmar la vida nunca resiste una clandestinidad perpetua. Las cicatrices siempre acaban por revelar el daño sufrido.


jueves, 27 de julio de 2017

FERIAS DEL LIBRO: EL TAMAÑO DEL MUNDO

EL TAMAÑO DEL MUNDO viaja por las Ferias del Libro de la Jacetania. Comarca de la Jacetania (Huesca)
La Comarca de la Jacetania, en colaboración con los Ayuntamientos, organiza Ferias del Libro en las siguientes localidades:



-Canfranc: 29 y 30 de julio
-Ansó: 12 de agosto
-Hecho: 13 de agosto
-Salvatierra de Esca: 14 de agosto
-Villanúa: 19 de agosto

lunes, 17 de julio de 2017

RECORDARÁN TU NOMBRE, de LORENZO SILVA

Ante Recordarán tu nombre, de Lorenzo Silva quiero ser contundente desde el inicio, porque es un libro pertinente, valiente, documentado, necesario, obligado y, además de grato, entre otras cosas explicativo de nuestro reciente pasado como nación. Es cierto que tanto adjetivo puede sonar a salvas y a quincalla; esas que suelen aparecer, muchas veces de forma desmesurada, cuando un libro se pone de largo en sociedad. Pero no es el caso y me reafirmo en lo dicho. Por muchas cosas. Enumero sólo algunas.


Una (primordial): Es un libro que está pensado y escrito para buscar la verdad, sabiendo de la dificultad que conlleva discernir de forma correcta la problemática explorada; especialmente teniendo en cuenta las limitaciones y los prejuicios que acompañan a los españoles que se acercan a la variada problemática que conlleva abordar la época de la República y la posterior guerra civil, ambas muy falseadas, sesgadas y hasta ocultadas. Está pensado también para mostrar que lo que importa en él “es el hecho del fracaso del golpe, y su transformación en una guerra por muchas razones desigual, en la que se enfrentan una y otra vez, como se ve, quienes habían estado luchando juntos en Marruecos, pero desde circunstancias muy diferentes” (p. 369). Dos búsquedas como mínimo que, en la novela (¿novela? Sólo), están llevadas a cabo con tino por Lorenzo Silva y que dan frutos abundantes, como podrá comprobar todo aquel que aproveche en la lectura de Recirdarán tu nombre.

Un gran logro, pues, hablar del “derribo de la República que era fruto de la voluntad popular” (p.48) sin caer en la bandería de unos u otros y que tanto aflora cuando el corazón y las tripas se anteponen al estudio y el destilamiento reflexivo de éste.

Cito algunos elementos aportados más que son concluyentes. En concreto a citas claves como ésta: “...de los veinticuatro generales de división en activo y con mando el 1 de julio de 1936, tan sólo se sublevaron cuatro (Goded, Franco, Cabanellas y Quiepo de Llano); los otros permanecieron fieles al gobierno” (p.289). Una cita que deja en muy mal lugar a la historia oficial que siempre se ha vendido y que habla de casi todo el mundo en armas. Otra similar: “De los 35.000 guardia civiles de 1936, unos quince mil se unieron a la rebelión el resto, la mayoría, defendieron la legalidad republicana” (p. 387).

Dos: Es también un libro que recupera olvidos y hace justicia con gentes, como el caso del general Aranguren de la Guardia Civil, quien antepuso principios, juramento de lealtad y el deber debido frente a los cantos de sirena lanzados por amigos y compañeros de armas sublevados y que, al final de la contienda, acabaron con su vida y con su espléndida trayectoria personal en la milicia, sumiendo ambas en el olvido y negando para la posteridad el nombre y el recuerdo de su paso por la vida.

A Aranguren, como apunta Silva al final del libro/novela (p. 475) no lo recuerda ni el cuerpo al que perteneció y sirvió (la Guardia Civil), ni la ciudad de Barcelona en la vivió tomando una decisión transcendental; ni el país ni el gobiernos (Generalitat, República) a los que defendió legalmente, ni tampoco a ciudad en la que nació, creció y vivió... Dar fe, por escrito, con total documentación y análisis preciso de unos hombres, unas circunstancias y unos hechos, siendo además equidistante, no es tarea fácil. Una tarea en que la Lorenzo Silva también demuestra pulso e inteligencia al escudriñar en profundidad cualquier aspecto y más aquellos que pudieran dar lugar al embarazo, la duda o la falta de verdad. Una tarea por supuesto necesaria y que no es fácil abordar, pero está sustentada en un principio claro: “contar historias es reunir justamente esto: encontrar la conexión que logra reunir a los seres humanos más allá del tiempo y del espacio”(p. 467).


Tres: Es un libro (y van tres veces que no lo califico como novela) que atiende a varios frentes (historia, biografía, documento, confesión oral, entrevista, investigación/ensayo, viaje y, entre otros posibles, literatura, tal como sucede, por ejemplo, con las pertinentes citas de Ganivet y de su Ideario Español) y que, aun presentado como novela o ficción de la Historia, posee lo mejor de todos ellos. Y es un libro que, además, rompe de lleno con la caduca división de los géneros literarios. De nuevo, pericia y buen uso de la maquinaria narrativa.

Cuatro: Es un libro, ficción de la historia o novela que sin embargo sabe a realidad total, centrada en una época y en sus circunstancias envolventes. En concreto los primeros 39 años del siglo XX y, por tanto, con capacidad de responder a una Historia (digamos que novelada) donde se encierran, a su vez, varias historias parceladas. Desde la historia del ejército español y su campañas en el Marruecos colonial con sus casposas ansias de honores a costa de lo que sea -circunstancias muy explicativas del por qué el ataque y derribo a la República-, hasta la historia de unas trayectorias individuales como las de leal Aranguren y del sublevado Goded, ambos compañeros de armas y africanistas. También en su seno hay cabida para historias de venganzas entre militares. Y, entre medio, la historia de la Guardia Civil, de personajes claves de reciente pasado español, de familias y de hechos históricos que, sumados todos, dan fe y clarifican el mosaico de la reciente Historia de España.

Y da fe, también de manera sugerente, de como Franco acabó en Generalísimo, tras accidentes como los sufridos por Sanjurjo o Mola, el Director del golpe, ambos mediante en sendos aviones, o tras el fusilamiento de Goded en Barcelona, otro de sus obstáculos hacia el poder total. ¿El azar?

Y, por supuesto, aunque sin necesidad de ahondar en la llaga, de como España acabó en la “ paz de las celdas y los sepulcros”

Cinco: Es un libro que partiendo de la individualidad consigue explicar la colectividad en una época difícil, violenta y sin orden bajo el tronar de las armas. Una época que, además de confusa, interesada e, incluso, secuestrada según el afinidad de quien estudia o investiga con fines malsanos o partidistas, va en boca de muchos de manera superficial, cuando no tendenciosa.

Es muy relevante observar como se ejecuta el acercamiento al problema temático que se narra, abarcando un pasado amplio en lo temporal (guerra colonial de Marruecos, Dictadura de Primo de Rivera, advenimiento y triunfo de la República y Guerra Civil) que posibilita la explicación mediante ejemplos próximos, llenos de una individualidad, casi íntima, que, por comparación, permiten entender su significación colectiva. Lorenzo Silva es un maestro en utilizar la proximidad de sus bisabuelos, envueltos por las circunstancias de la preguerra y la guerra civil que, en el fondo, es lo que constituye el epicentro de Recordaran tu nombre. El perfil humano e individual como base aclaratoria del colectivo.

Seis: Es un libro documentado hasta la saciedad, sin que aflore, salvo cuando, expuesta de forma manifiesta, sirve para conformar parte de lo narrado. Es otro nuevo logro del autor: construir la historia narrativa sin que se vean hechuras, sin que desentonen los fragmentos compositivos y sin que nada afecte lo más mínimo al fin primordial del libro.

El valor narrativo inunda a la indagación y al análisis, que los hay a raudales. Y se lleva a cabo para cumplir con la función del libro como cuerpo de la memoria que se quiere transmitir, tanto si esta memoria proviene de la esfera íntima como si se destila del documento, la biografía o desde la propia Historia.

Se podría seguir enumerando aspectos trascendentes del libro como el canto al cuerpo de la Guardia Civil, con sus principios e Historia (lo cual en Silva es habitual, tanto en sus novelas de ficción pura -la saga de Bevilacqua y Chamorro- como en las obras que compaginan ficción e historia, viaje o investigación- pienso en Del Rif al Yebala, Viaje al sueño y pesadilla de Marruecos, La aventura histórica de la Guardia Civil ), Podría seguir, pero es tarea de lector. Un lector inteligente, participativo y reflexivo.

Acabo con una cita. Cerrando casi la novela (p. 456) se apunta la clave esencial del libro: Mostrar mostrar “la memoria serena y completa de la infamia” sufrida por Aranguren frente a “su olvido interesado y selectivo”. Porque eso es “lo que permite hacer justicia al pasado, al presente y al futuro”. Una cita que, por amplitud de tiro, convierte lo individual de Aranguren en metáfora de otros protagonistas, sucesos y, en definitiva, del país entero.

-Silva, Lorenzo. Recordarán tu nombre. Barcelona, Destino, 2017, 494 pp.



LO ÚLTIMO DE ESPIDO: LLAMADME ALEJANDRA


LLAMADME ALEJANDRA, de ESPIDO FREIRE

En determinados momentos de la Historia aparecen personajes que son más grandes que la Historia misma. Da lo mismo cual sea el origen de esa “grandeza”. Y, también, si ésta es consecuencia de unos actos o si, por el contrario, deriva del hecho de que el personaje acabe convertido en causa. Ni siquiera importa su signo (positivo o negativo), lo que importa es su impacto definitivo, su halo de atracción en la posteridad.


Alix, la princesa alemana (además de nieta de la reina Victoria de Inglaterra) que casó con el zar Nicolás II (elevado a los altares por el cine y la literatura: pienso en Doctor Zhivago, por ejemplo) es uno de esos personajes tocados por la “grandeza” que va más allá de la Historia. No por el hecho de haberse convertido, a lo largo de su existencia, en un río permanente de rumores jamás acallados incluso después de su asesinato (¿supervivencia de su hija Anastasia?), sino porque Alix o Alejandra Feodorovna atesoró una “grandeza” que supera el curso de la Historia. Tal vez porque fue una mujer de múltiples contrastes: alemana y rusa en un mundo enfrentado, fuerte y débil en una sociedad férreamente ordenada, utópica y reflexiva o altanera y cohibida a pesar de estar destinada a reinar y, finalmente, acabar como zarina de Rusia, religiosa y crédula (Rasputín al fondo)... Todo ellos, contrastes sorprendentes al ritmo de las circunstancias. Unas circunstancias que abarcaron, entre otros aspectos animadversión familiar (María Feodorovna y bastantes Romanov), frustración personal (cinco embarazos antes de conseguir el deseado primogénito), mala fortuna (portadora de hemofilia), frustración histórica (revolución bolchevique)... cerradas además con un broche trágico después de mil sufrimientos y sinsabores.

Alix que había nacido para la gloria y los cuentos de hadas que siempre solían envolver a los miembros de la realeza, acabó siendo todo un crisol de la desdicha. Una alfa y omega desde varios puntos de vista que, además, estuvieron siempre en permanente discordancia (lo que pudo ser frente a lo que fue, lo que se esperaba de ella frente a lo que jamás pudo cumplir, por ejemplo). En definitiva, una mujer de múltiples aristas y reflejos, capaz de integrar en su seno el arco que va desde lo político y lo social hasta la más secreta intimidad. Pueden servir de ejemplo su fe religiosa frente a la sugestión por Rasputín o su capacidad reflexiva pese a la oscuridad de su destino. Una mujer pluriforme a lo largo de 24 años de reinado, vividos con un ritmo de insatisfacción permanente y segados por un final trágico.

Espido Freire que nunca ha sido ajena a este tipo de personajes tocados por la grandeza ( Por vos nací, Teresa de Jesús. Querida Jane. Querida Charlotte. Jane Austen y hermanas Brontë, La flor del Norte. Kristina, princesa noruega y mujer a la fuerza del hermano de Alfonso X el Sabio), no podía dejar de lado a Alejandra Feodorovna, la última zarina rusa. Tal vez porque en la exploración narrativa que lleva a cabo deja de forma clara la “grandeza” que rodeó a Alejandra desde una concepción próxima al héroe hasta la mayor infravaloración de un ser humano como persona.

Alejandra, la narradora/protagonista de Llamadme Alejandra, mediante el uso técnico del flahs-back que tanto aleja del momento presente desde el que arranca la historia (atroz fusilamiento del zar y su familia), se adentra en un pasado lleno de intensidad y sobre todo plural, amén de propenso a bifurcaciones menores que, sin embargo, son siempre significativas. Un pasado denso y cuajado de sugerencias porque, con habilidad narrativa, la rememoración es llevada a cabo por Espido Freire en primera persona. Una primera persona que posibilita, junto a la proximidad para con el lector, una veracidad tan real como la vida misma dado su carácter de “confesión”. Una proximidad y confesión que permiten profundizar en situaciones, siempre portadoras de un máximo en las experiencias que van desde los vericuetos de la realidad a los intersticios de la intimidad de quien protagoniza la historia al tiempo que también la narra.

Con esta “confesión” de Alejandra (que Espido Freire deja caer al ritmo de los recuerdos) lo que en verdad se logra es el alejamiento del dolor que desprende la situación (y sin duda, su presentido final) que, tal vez, hubiese caído hacia lo sentimental. Un alejamiento perfecto al tiempo que, gracias a él, se accede a la Historia con mayúsculas de la realeza europea y de los países en los que esa reina (Inglaterra, Alemania, Rusia), caminando por sus principales acontecimientos (I Guerra Mundial, revolución bolchevique...), a la vez que manifiesta también la diferencia de costumbres europeas (mundo femenino, con su sumisión al varón, especialmente) o los adelantos técnicos (ferrocarril, telégrafo...) sin perder de vista, por supuesto, la historia íntima como elemento centrífugo, centrado en el amor entre Niki y Alix y su convivencia en familia, tan llena de ilusiones y desventuras. Es decir, la macrohistoria y la microhistoria sin desdeñar la importancia de lo hogareño aparentemente sin trascendencia. Y, junto a todo ello, también Espido Freire da cabida a la historia literaria de la época, a la pintura y a la moda (fin del XIX y comienzos del XX) al compás del aprendizaje individual de Alix desde su compromiso con Nicolás II, pasando por su reinado antes de llegar al desenlace de su fusilamiento. Se entiende, por tanto la advertencia de “El ser humano, si lo sostiene la fe puede superarlo todo” (pág. 11) que casi prologa la narración.


Sí, Alejandra Feodorovna acaba siendo un personaje que se construye continuamente ante el lector mostrando esa “grandeza” que la convierte en personaje sugestivo, al menos para las generaciones posteriores. Una construcción que es doble: Desde dentro al mostrar un relato íntimo y desde fuera mediante las acciones envolventes, derivadas de los hechos sociales, que van anunciando su agónica vida y destino. Ello es posible por la buena ejecución del relato que Espìdo Freire lleva acabo a lomos de una Alejandra, princesa y zarina, al final de su vida. O lo que es lo mismo, el dibujo del trayecto que va desde el mundo ordenado (gobierno real) al mundo sin orden o destruido (revolución).
Para ello, además, Espido Freire ejecuta una doble pirueta narrativa que, por contraste, añade mayores perspectivas y más tensión al relato. Es decir, sobre el punto de vista único de Alejandra o la perspectiva sesgada de su narración, Espido superpone la visión plural de testigos (sirvientes de limpieza) y de guardianes y asesinos (informes Yurovsky e informe Rudnev y Girdhich), además de algunos retazos confesionales que proveninen de las cartas de sus hijas, las princesas, de amigos y de servidores. El resultado: una novela sencilla en apariencia pero densa en contenidos, fácil de lectura pero compleja en su construcción. Aspectos que dicen mucho de Espido Freire como narradora, quien, además, sin ahogar al lector, ha sabido volcar numerosos datos y aclimatar numerosos documentos sin notarse. Al final, Llamadme Alejandra acaba siendo un fresco histórico perfectamente comprensible acerca de un momento histórico muy complicado y clave en el devenir histórico del ser humano, sin dejar, por ello, de ahondar en lo cotidiano de la existencia y en las costumbres y hechos que envuelven a esa cotidianidad. Muy interesante esa capacidad narrativa mediante la cual un sólo personaje es capaz de mostrar tal densidad de sucesos históricos desde varias perspectivas de enfoque y acercamiento. Llamadme Alejandra es, sin duda, una trabajada y amena estructura narrativa plagada de ricas perspectivas.

Espido Freire. Llamadme Alejandra. Barcelona, Planeta, 2017. 360 pp. Premio Azorín 2017.


martes, 4 de julio de 2017

ENTREVISTA (Revista Cazabaret)


-Ramón, este libro, esta reflexión en torno a los efectos de la Guerra Civil en España, más concretamente en la comarca del Alto Aragón que trasladas a novela corta ¿cuenta la historia más allá de la guerra y desde la perspectiva de esos efectos colaterales que esta deja a corto y a medio plazo?

-En principio, debo confesar que El tamaño del mundo, aunque en sus páginas finales se centre muy específicamente en la trágica Guerra Civil del 36-39, está pensada como una novela antibelicista y, también, como espejo de una época que abarca la primera parte del siglo pasado. Mi idea primigenia era construir, con su argumento, una historia contra la violencia desatada que, sin quicio lógico sostenible, algunos miembros del ejército, esencialmente africanistas, desataron en España. Unos pocos miembros de un ejército ambicioso -en realidad se sublevan cuatro generales de los veinte que estaban en activo: Goded, Franco, Queppo de Llano y Cabanellas- que, en la contienda del Marruecos colonial, tuvo una base fácil de operaciones para conseguir méritos y ascensos con los que influir en el devenir de la nación. Basta repasar el listado de los militares claves que participan en el inicio de la guerra civil para darse cuenta de cuánto acabo de decir. Pero en la novela no quería entrar a fuego en ello, algo que es evidente para un estudioso y un lector atentos a la Historia, aunque la oficial lo haya silenciado y siga todavía silenciándolo, al menos en las esferas más casposas. Por eso, para huir de lo evidente, aumenté el campo temporal de la acción en décadas y trasladé el espacio hacia el lado opuesto: El Pirineo oscense, con el protagonismo de Julián, perteneciente al cuerpo de carabineros del Reino que, aún participando en cierta medida de lo militar, tenía sus propias características; un cuerpo afín a la República cuando llegó la hora de la verdad. Circunstancias que, creo, por contraste, podían servir a mi propósito, al tiempo que respondían a la realidad histórica, para mostrar la ilogicidad que está en la base de cuanto quería narrar. Ilogicidad que tuvo su manifestación más diáfana en la violencia fratricida que sumió a los españoles en la barbarie.ajamiento en pocos años entrevistos junto al caminar de una familia “de orden” (carabinero), iba como anillo al dedo a cuanto deseaba contar. Especialmente, porque, cuando menos, esa familia permitía colocarse en la distancia del observador que encarna el personaje Julián ante una sociedad de siglos. Y, también porque éste, como posible nómada de destino en destino, posibilitaba el contraste de territorios, la evolución social, ideológica, económica, etc. Y, sobre ello, además, se asentaba sin dificultad el fluir del tiempo. 

-Efectos colaterales que van más allá de la destrucción, de la muerte en el campo de batalla, de la represión, del exilio…

-Sí, en la novela la guerra, a la hora de la verdad, es lo de menos por varios motivos. Es casi un simple ruido de fondo. No me interesaba el combate, sino los interiores de los personajes y sus relaciones en un mundo de cambio acelerado. Además, quien combate sabe que está próximo a las dificultades derivadas de éste, sean las que sean. Pero, al menos, puede “defenderse” antes de morir. En suma, siempre he creído que el problema de la guerra alcanza su verdadera dimensión fuera del frente y del campo de batalla, donde, por cierto, no dudo de lo atroz que es asistir a su desarrollo. Es decir, el problema no está en donde se libra la batalla, sino en los efectos colaterales que conlleva. Siempre quien, a la postre, paga las consecuencias verdaderas de la guerra es la población civil. Especialmente, ancianos, mujeres y niños. No descubro nada nuevo. Hoy, si atendemos a las guerras que se libran en el mundo -muchas más de las que, como vendiendo pescado, hablan telediarios y periódicos- podemos observar precisamente este sufrimiento de la población civil. Consecuencias que tienen distintas caras: desde el hambre y la miseria, hasta la represión y, en último término, la desaparición, sea ésta de corte físico o provenga del doloroso desplazamiento territorial. Dejar atrás lo conocido duele y si éste es, además, querido, con asideros y lazos de sangre y de familia, mucho más.
En El tamaño del mundo, el devenir de la familia de Julián tiene esa función: mostrar esas caras, tan variadas, aunque se dejen siempre abiertas las posibilidades al no darse, en la narración, una solución cerrad, porque, como narrador, quiero dejar patente la importancia que para mí tiene la reflexión del lector ante la historia que le entrego. 
Julián persigue su ideal de ser carabinero y formar una familia unida y feliz. Lo consigue y casi llega a la felicidad total tanto en el círculo familiar como en el social, pero el nubarrón de la guerra, primero, y el violento estallido de ésta, después, acaba con esa cohesión familiar y con esa felicidad utópica. La guerra divide, despareja, aísla, rompe a la familia, modifica su entorno y lanza todo y a todos al abismo de lo inesperado. Reina el azar, casi siempre teñido de tragedia, maldad y dolor. Una situación que, siendo la familia la gran célula organizadora de la sociedad, dice lo suficiente de los efectos colaterales por los que me preguntas. 

-Hubo efectos secundarios o colaterales en torno a los que se quedaron en esos pueblos, por ejemplo del Pirineo, de sus valles, de las Sierras que vieron como el tiempo, si cabe, se ralentizaba más …como si los inviernos fuesen más pesados, más oscuros y fríos y como si los veranos nuca dejaban los suficientes frutos (estoy hablando metafóricamente, pero me temo que también lo podemos aplicar literalmente)

-Claro, si las familias sufren, también, por lógica, ese sufrimiento deberá repercutir en el entorno que habitan o en la comunidad que componen. El efecto bélico tiene sus ondas expansivas en las sociedades que son la suma de familias conformando pueblos, villas y ciudades. En los valles del Pirineo y, en particular, en aquellos que fueron línea de fuego o estuvieron, en retaguardia, próximos al frente, la guerra fue un auténtico detonante que marcó parte de su subsistencia posterior. 
Por eso, al golpe de muerte que para la cerrada sociedad pirenaica, casi medieval como ya he dicho, conllevó la apertura de carreteras o de vías férreas como el Canfranc, la instalación de fábricas -piénsese en Sabiñánigo- o, entre otros, las obras públicas como la construcción de pantanos -Mediano, pongo por caso-, se unió el desmesurado torbellino de la guerra. Una guerra que no sólo sacudió con la evidente violencia física de torturas, fusilamientos, incautaciones, exilios obligados y demás, sino que, junto a la apertura de la mente por contacto de los autóctonos con personas venidas de las ciudades como Barcelona -caso del Pirineo-, amplió la grieta en lo que se refiere a la creencia, estabilidad y forma de sentir la vida y la forma de ser practicada desde siglos entre montañas. El viejo precepto unitario de la “Casa” y el derecho ancestral, ambos conceptos milenarios y sustento de una forma de estar en el mundo, se hicieron añicos. El sueldo ante un trabajo, la emigración a la ciudades en busca de una vida mejor, etc. comenzaron a despoblar y diezmar el territorio. 
Y si a esto se añaden hambres y otros factores más sutiles, pero eficaces, como la excesiva vigilancia y represión de posguerra, es lógico hablar de esa pesadez, oscuridad y grisura con la que se acompaña la pregunta. Claro que, más tarde llegaría el turismo para rematar la situación, pero ése es otro cantar. 

-En los pueblos la guerra y la posguerra, ¿fue aún más dura? El miedo, el silencio, el conocerse todos esto debió de endurecer sobremanera la posguerra en estos lugares y con ello cada uno de los efectos colaterales que acabaron desgarrando a una sociedad.

-Bueno depende. Y digo depende según donde se ponga el punto de mira. Me explico. La guerra ya dejó una cruel “limpieza” de gente no concordante con los vencedores. Supuso el exilio obligado, por un lado, y la vejación permanente y vigilada por otro, hechos dolorosos que ocurrieron en todos los sitios. Desde este punto de vista, la guerra y la posguerra sí fue más dura en las zonas rurales que en las grandes urbes. La respuesta afirmativa lo es, en gran medida, desde el punto de vista moral y psicológico, por aquello del certero refrán de “pueblo pequeño, infierno grande”. El individuo en la ciudad podía ser más anónimo que en el pueblo ¿no? 
No obstante, desde otra perspectiva como la alimenticia, por ejemplo, creo que los pueblos, pese a todo, al ser más autárquicos –no en el concepto de “autarquía” del régimen, claro-, al tener más posibilidades de aprovisionamiento personal debido a su trabajo y hacienda, sufrieron menos las hambrunas y las miserias dentro de la común grisura del país. 

-¿Hasta qué punto esto ocasionó la sangría demográfica?; ¿se quiso sibilinamente, de alguna manera, cultivar este caldo de cultivo para desmenuzar a la población y así poder disponer del territorio a disposición de la explotación? 

-Como ya he expuesto, pienso que la guerra es un elemento más de la despoblación del Pirineo. Al menos en dos vertientes. Una: la represión y el exilio, consecuencia claves durante la guerra y, sobre todo, más trascendental al terminar ésta. Dos: Por el contacto con nuevas formas de vida que suponía el conocer otras formas de vida aportadas por quienes rocedían de la ciudad. En ese sentido, muchas personas nacidas en el Pirineo, al calor de la camaradería bélica, formaron lazos que, una vez acabada la guerra, dieron su fruto con el abandono del solar natal y la marcha a la ciudad. Son dos sangrías muy importantes que hirieron de muerte el concepto tradicional resquebrajándolo, primero, y rompiéndolo, después.
Cuando el eje vital de la subsistencia pirenaica, la “Casa”, sufre ambos embates la dificultad, por un lado, y la consiguiente rebelión, por ptro, están servidad. Los hermanos no herederos saben que hay otras posibilidades de subsistir, ya no arriman el hombro como antes por el bien de la hacienda y el apellido. La ciudad, los diversos oficios y posibilidades que en ella existen, las obras públicas, etc. Son una salida más que digna y la sociedad pirenaica siente el tambaleo. En otros territorios en los que la guerra pervive mediante las guerrillas del “maquis” aún habrá otro golpe de efecto más rotundo y que yugulará de forma definitiva la pervivencia de siglos de la vida en el campo. El caso de las “masadas” de Teruel y su declive en la posguerra es el ejemplo más elocuente. La orden del general Pizarro, verdugo del “maquis”, obligando a abandonar el “mas” durante la noche y pernoctar en pueblos y aglomeraciones mayores, y, por lo tanto, más controlables –al tiempo que así privaba de sustento a la guerrilla-, fue, como es sabido, un golpe mortal para la vida secular en el campo turolense. 

-Crees que la novela, el relato, la ficción; lo que es contar las historias y las cosas sin ser ensayo, estudio e investigación, ¿nos acerca a la historia de una manera más amena?

-La narración es una vía más de exploración y reflejo de la realidad que nos envuelve. Contar historias, a pesar de limitaciones y prejuicios que a todos nos acechan, es indagar e intentar conseguir la conexión entre los sucesos que edifican tales historias y las personas que las llevan a cabo. Es, además, un vía más para apuntalar la memoria de la que, en el fondo, estamos hechos los seres humanos. Pues es la memoria la que permite, si se ejercita de manera serena y lejos de todo interés malsano, no volver a errar. Por eso, convertir la Historia en narración, con una manera amena de adentrarse a fondo en ella, no siendo la única vía posible, ayuda sobremanera a esa necesidad de memoria con la que se construye el ser humano. Es necesario y obligado el conocimiento de la verdad que late en medio de los diversos factores que componen la marea de la Historia. Y más si tratamos los sucesos y la temática de la Guerra Civil, tan proclive a un olvido interesado o a un silencio insano. Conocer, como ya he dicho, cando menos, debe ayudar a no errar.

-Aunque no deja de ser otra manera de contar la historia en la cual el escritor debe de estar, también, claro está muy, muy documentado…

-Por supuesto. Cuando un escritor se adentra temáticamente en la marea de la Historia debe buscar la verdad, dejando prejuicios y atendiendo a la máxima cantidad posible de fuentes. Debe también ser muy consciente de su papel de transmisor, dejando de nuevo los prejuicios a un lado y apurar al máximo su discernimiento y capacidad de reflexión. Por eso, la documentación es transcendental. Y cuanto mayor y más dispar, mejor. El escritor debe abrir su mente a todo tipo de documentación para después, mediante la reflexión, llegar lo más cercano a la verdad -las limitaciones siempre están ahí, presentes y acechando-. Y, al final, debe conseguir que esa documentación no se note, pero sí que permanezca al fondo de la narración. En suma, la documentación, además de abundante y reflexionada, debe ser y funcionar como las vigas de un edificio, que están en él, pero que apenas son visibles cuando se observa el conjunto del edificio. 
En El tamaño del mundo hay mucha documentación histórica, tanto de ensayo como proveniente de la oralidad, pero también hay otra documentación que sin ser histórica con mayúsculas, para mí si posee valor de coadyuvante. Pienso en la documentación espacial y paisajística, tan esencial también, aunque no se note.

-Porque, aunque sea una novela que retrata el Aragón de posguerra y los efectos que se prolongan sobre ella, sobre la idiosincrasia y la sociología de esta tierra, porque detrás de cada contienda, de cada trauma ha habido un silencio que se ha escenificado más allá de la muerte humana con la tierra que se ha desangrado perdiendo a sus habitantes…

-Claro, detrás de los sucesos claves de la Historia, están los miles de sucesos insignificantes, con un valor, digamos, consuetudinario que acompañan y dan músculo a lo que se cuenta. La macrohistoria de los sucesos históricos quedaría en el limbo de lo abstracto de no contar con lo cotidiano y su capacidad múltiple, que abarca desde la simple capacidad unitiva, hasta el rebozo de la significación. 
En El tamaño del mundo los hechos claves de la Historia casi actúan como un fondo de lo que se cuenta, porque la familia del protagonista y los espacios en los que ésta se asienta, a pesar de su insignificancia, son quienes cuentan la verdad de la existencia. El deambular y el devenir de los personajes en la encrucijada de posibles caminos sobre los que, en el fondo, se va haciendo la Historia, es quien da fe de ésta. La Historia, en la novela, es la resultante de lo que acontece a los seres humanos y a su entorno y de los que ellos cuentan. Todo ello, por supuesto, está trufado por la indagación y posterior reflexión de quien escribe, tras cerner y purgar acontecimientos, vivencias, noticias, documentos...

-Tenemos el escenario, Aragón (más concretamente el Alto Aragón); tenemos el tiempo que es la guerra y la posguerra y tenemos a los personajes “muy tocados” por un humanismo que rompe barreras y se traslada a través de los tiempos cronológicos. Háblanos del peso que tienen en El Tamaño del Mundo estos personajes, sobre todo el de Julián…

-Julián es la clave de la novela. En varias direcciones. En lo personal, al formar una familia o seguir un sueño que de la utopía pasa a la realidad. También al convertirse en un observador privilegiado que, al indagar en la memoria y reflexionar, le permite intuir el futuro. Circunstancia que le hace prever la posibilidad de una guerra y, como consecuencia, el intento de salvaguardar a su hijo, el más expuesto a esa violencia que él cree que se acerca veloz. Es el primer golpe a la unidad y a la felicidad que quiso edificar. Golpe al que, con celeridad, seguirán varios más, hasta acabar en la desolación casi total y que convierten la utopía y la felicidad de un pasado en sinsentido del presente a lomos del azar. También es clave desde la perspectiva de lo social porque, al ser centro de un resquebrajamiento familiar, acabará siendo una posible luz para observar el resquebrajamiento de la sociedad pirenaica en la que vive y de la que, pese a su nomadismo y el especial oficio de carabinero, él forma parte.

-Hay valores que se transmiten generacionalmente, más allá de las circunstancias y los tiempos, ¿es este el caso entre los personajes y la trama?

-Sí, en la novela hay una búsqueda de valores y una búsqueda de la verdad -otra cosa diferente es si se ha logrado-. Valores como ética, legalidad, honradez, fidelidad, cumplir como ser humano... son algunas de las aureolas que aletean siempre sobre los personajes de El tamaño del mundo. Todos ellos son valores en medio de una época virulenta, de cambio y búsqueda, de ideales y confrontación. Época que sacará lo peor y lo mejor de quienes la vivan. Porque, incluso, en la deriva, en el abatimiento, en el horror... que preside la maldad caben huecos para lo contrario. El comportamiento de algunos personajes de la novela son ejemplo de ello, en forma positiva y negativa, al lado del apocamiento, la prevención, la cobardía o el nadar guardado la ropa. 
Por otro lado, es también la necesidad de mostrar quienes, haciendo caso omiso a los valores citados, buscaron el derribo de la República, fruto de una elección y de una voluntad popular que muchos parecen haber olvidado o hacen creer que no fue así. 

-La Guerra Civil y la posguerra, contada en forma de relatos, novela, más o menos corta, se ha convertido de las mejores formas de llegar al lector y lectores…

-Bueno es una más. Tampoco debemos convertir todo en amenidad, El viejo concepto clásico ”docere, delectare” debe existir al lado de otras formas de acercarse a la realidad del ser humano. Cuanto más formas existan, mejor. Eso significa que la mente reflexiva funciona frente a la mente adocenada. Es peligroso ensalzar vías únicas porque amansan y el amansamiento siempre es interesado y dominado por unos pocos, generalmente invisibles a la mayoría. 
Cuando se practique amenidad a la hora de contar la Historia, creo que todo escritor debe huir de la relajación y, con pulso sabio, conseguir una amenidad informativa que, tras esa información, agite la mente del lector. Cerrar un libro no debería significar acabar con la lectura. Pienso que la lectura no debe quedarse en un simple paladear el momento. Una lectura debe seguir en la mente picoteándola de tanto en tanto, sirviendo de aprendizaje y comprensión ante las situaciones que salgan al encuentro de uno. El pasado, la memoria, es nuestra fuente de conocimiento.

-Amigo, El tamaño del mundo es algo muy, muy relativo, según los ojos con que se mire; para algunos siempre es más estrecho que para otros y al revés….¿qué piensas?

-El tamaño del mundo, como se dice en la novela, no depende de dimensiones, sino de vivencias, emociones y sentimientos. Todos deben conocerlo, cuando menos para conocerse. El tamaño del mundo reside en el interior de uno y en la necesidad de una vida con otros. Es vital, vivencial y, además, necesario, lejos de la abstracción.

-Ramón, ¿en qué andas trabajando en estos momentos; amigo nos puedes ir dando alguna pista?

-En varias cosas, sin prisas. Una novela juvenil, una novela sobre la amistad que ya lleva zanganeando un par de años y un libro/viaje con Jesús Moncada como mentor y guía, producto de un encargo editorial.